Hundidos en la tragedia

No pudo ser un aniversario más cruel y despiadado. Se cumplían 85 años de la fundación de un club con raíces centenarias y con el deseo de sumar tres puntos que nos acercaran a la salvación de un desastre que cada vez se hace más presente en la afición zaragocista. Fue un final indigno, impropio de un equipo que debería luchar por evitar su fractura en mil pedazos. Si fue inexplicable la actitud del meta del Sevilla Atlético regalándole el gol del empate al Real Zaragoza y provocando después de su expulsión, no hay quien pueda entender que se perdiera un partido de forma tan increíble y grosera. Cuando se tenía que remontar el resultado adverso ante un puñado de chavales, cuando las gradas estaban animando sin parar, cuando había un futbolista de campo defendiendo su portería con el rostro atemorizado, se encajó el tanto de la derrota.
Absurdo, vergonzoso, humillante e impropio en un escenario donde se han librado batallas épicas y donde el deshonor corroe ahora sus cimientos. En una Romareda mortalmente herida, que cierra sus ojos a lo que ve, su corazón a lo que siente, su inteligencia a la que se insulta desde hace años. La gente se marcha sin apenas protestar, huyendo de semejante sonrojo que destroza los sentimientos de los más veteranos y de los más jóvenes, maltratados desde fuera y desde dentro, incapaces de asimilar tanta desgracia inexplicable.
Jamás había transmitido a través de las ondas de la radio semejante mensaje de incompetencia, de falta de capacidad, de negligencia absoluta. En un clima de fracaso y hundimiento que parece imposible de detener. El equipo se precipita al descenso después de unos números miserables que hacen de esta etapa la peor en la historia del club. Y es doloroso narrar, expresar con palabras, lo que está ocurriendo. Este proceso de destrucción que dura ya varios años y que parece tener un final cercano. Descender significa desaparecer, poner fin a una corriente emocional de varias generaciones que ha unido a cientos de miles de personas estas última décadas. Matar una ilusión.
Es el momento en el que los propietarios deben reflexionar, tomar decisiones y asumir sus responsabilidades. Y no solamente con el cese del entrenador, sino con sus funciones dentro de la sociedad y las opciones de cambio que empresarialmente tiene el Real Zaragoza para evitar que deje de existir en tan solo unos meses.

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